La schefflera es una de esas plantas de interior que dan mucho a cambio de poco: hojas digitadas y lustrosas, con los foliolos dispuestos como los radios de un paraguas, crecimiento rápido y una tolerancia notable a la poda, que permite tenerla como arbolito de tronco trenzado, como arbusto compacto o incluso como bonsái de interior. Si algo falla, casi siempre es lo mismo: se le caen las hojas.

Bajo el nombre se venden dos especies distintas. Schefflera arboricola, la enana, procedente de Taiwán y la isla de Hainan, con hojas de foliolos pequeños y a menudo variegados en amarillo o crema; y Schefflera actinophylla, el árbol paraguas, originario de Australia y Nueva Guinea, con hojas mucho mayores, verdes y coriáceas, y capaz de convertirse en un árbol de varios metros. La primera es la que suele acabar en un salón; la segunda pide espacio.

Ambas pertenecen a las araliáceas, la familia de la hiedra y de la Fatsia japonica, lo que explica bastante de su comportamiento. Los tratamientos taxonómicos recientes han desmembrado el viejo género Schefflera y sitúan estas dos especies en el género Heptapleurum, aunque en viveros y etiquetas siguen apareciendo con el nombre de siempre.

Las hojas digitadas de la schefflera, con foliolos que salen como radios desde el extremo del peciolo, y sus habituales variegaciones.

Luz

Es exigente en este punto, más de lo que su fama de planta fácil sugiere. Quiere un sitio muy luminoso, con luz indirecta abundante, y tolera algo de sol directo suave, el de primera hora de la mañana o el de invierno. El sol de mediodía en verano detrás de un cristal le quema el follaje.

La falta de luz produce dos síntomas inconfundibles: la planta se estira, con entrenudos largos y aspecto desgarbado, y las variedades variegadas pierden el amarillo y sacan hoja enteramente verde. Si además se le caen hojas de la parte baja, la causa suele ser la misma. Un ejemplar en un rincón oscuro no se muere de golpe, se va deshilachando.

Riego y por qué se caen las hojas

La caída de foliolos es la queja universal con esta planta y tiene tres causas posibles, en este orden de frecuencia.

  • Exceso de riego. Las hojas amarillean antes de caer y el sustrato lleva días húmedo. La schefflera no tolera el encharcamiento: se le pudren las raíces y responde soltando follaje.
  • Frío o corrientes de aire. Una puerta que se abre a la calle en enero, una ventana entreabierta o la corriente de un aire acondicionado bastan para que suelte hojas en pocos días.
  • Cambio de sitio. Al mudarla de una habitación luminosa a otra más oscura, o al llegar del vivero, defolia parcialmente mientras se adapta. Suele recuperarse sola si el nuevo emplazamiento es adecuado.

La pauta de riego correcta es esperar a que los tres o cuatro centímetros superiores del sustrato estén secos, regar entonces a fondo, dejar escurrir y vaciar el plato. En un piso español eso son una o dos veces por semana en verano y bastante menos en invierno. Aguanta razonablemente un olvido; no aguanta la maceta permanentemente húmeda.

Temperatura y humedad

Le va bien la temperatura normal de una vivienda, entre 15 y 25 °C. Por debajo de 12 °C sufre y con heladas se pierde. En las zonas de clima suave del litoral mediterráneo, del sur y de las islas se puede tener todo el año en un patio o porche resguardado, a media sombra; en el interior peninsular, solo en la temporada cálida.

Tolera bien el aire seco de una casa con calefacción, aunque agradece cierta humedad ambiental. Las puntas secas y la aparición de araña roja en invierno suelen indicar que el ambiente está demasiado seco, y en ese caso agrupar plantas o usar un humidificador da mejor resultado que pulverizar.

Sustrato, trasplante y abonado

Quiere un sustrato fértil que no se apelmace: un universal de calidad con perlita o corteza fina para airearlo, en maceta con drenaje. El pH no le supone problema, lo que evita quebraderos de cabeza con el agua dura de media España.

El trasplante se hace al final del invierno o al principio de la primavera, cada dos o tres años, pasando a una maceta un poco mayor. En los ejemplares grandes, cuando cambiar la maceta ya no es viable, basta con sustituir cada año los cinco centímetros superiores de sustrato por tierra nueva con algo de compost.

Se abona de marzo a septiembre con un fertilizante para plantas verdes cada dos o tres semanas, a la dosis del envase o algo por debajo. En invierno se suspende o se reduce mucho. Si aparecen manchas secas en el follaje, conviene parar el abonado y regar abundantemente para lavar las sales acumuladas en el sustrato.

Poda y formación

Aquí está buena parte de su interés. Rebrota muy bien tras el corte, así que se puede dirigir con facilidad.

Para una planta más densa, se despunta el brote principal: la schefflera responde emitiendo varios brotes laterales desde las yemas de debajo del corte. Para controlar la altura, se acortan los tallos por encima de un nudo. Los ejemplares que se han pelado por abajo se pueden rejuvenecer con una poda severa a final del invierno, dejando un tronco de treinta o cuarenta centímetros: rebrota desde ahí. Cualquier poda seria se hace en primavera, cuando la planta tiene fuerza para responder.

La Schefflera arboricola es además una de las especies clásicas del bonsái de interior, apreciada porque emite raíces aéreas que se pueden trabajar hasta formar troncos sobre roca.

Multiplicación

El esqueje semileñoso funciona: se toman en primavera trozos de tallo de unos diez o quince centímetros con dos o tres hojas, se recortan los foliolos a la mitad para reducir la transpiración y se clavan en una mezcla ligera y húmeda, en ambiente cerrado y templado. Enraízan en varias semanas.

Para ejemplares grandes que se han quedado con todo el follaje arriba, el acodo aéreo da mejor resultado. A comienzos del verano se hace una incisión anular en el tallo por debajo de la zona con hojas, se envuelve con musgo húmedo y plástico, y cuando se ven raíces a través del envoltorio se corta por debajo y se planta. Se obtiene así una planta ya formada, y el tocón que queda rebrota.

Plagas

En condiciones de cultivo correctas da pocos problemas. Cuando las hay, suelen ser cochinilla algodonosa o cerosa en axilas y envés, araña roja en ambientes secos, trips y pulgón en los brotes tiernos. Todos estos insectos segregan melaza, sobre la que se instala la negrilla, ese hollín negro que ennegrece el follaje: la negrilla no ataca la planta, es un indicador de que hay una plaga que la produce.

La revisión periódica del envés de las hojas resuelve casi todo, porque un foco recién instalado se elimina a mano o con un paño humedecido. Las podredumbres de raíz, por su parte, se previenen únicamente controlando el riego.

Precaución con mascotas

La schefflera contiene cristales de oxalato de calcio y está considerada tóxica por ingestión para perros y gatos, con irritación de boca y molestias digestivas al masticar hojas o tallos. Conviene tenerla fuera del alcance de animales que mordisqueen plantas y de niños pequeños. Ante una ingestión, quien valora es el veterinario o el médico.

En resumen

La schefflera necesita mucha luz indirecta, riego moderado esperando a que la capa superior del sustrato se seque, temperatura por encima de 15 °C y ausencia de corrientes de aire frío. Con eso vive años y crece deprisa. Si empieza a soltar hojas, revisa primero el riego, después las corrientes y por último la luz.

Su gran virtud es que se deja formar: despuntar el brote principal la vuelve densa, una poda severa a final del invierno la rejuvenece, y el acodo aéreo permite recuperar un ejemplar que se ha quedado desnudo por abajo sin tener que empezar de cero.


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