El rosal es un arbusto del género Rosa, dentro de la familia de las rosáceas, con un centenar largo de especies silvestres repartidas por todo el hemisferio norte y varias de ellas presentes en España. De ese material salieron, por hibridación y selección durante siglos, las decenas de miles de variedades que existen hoy en catálogo.
Quien llega buscando "las rosas" suele necesitar dos cosas: entender en qué se diferencian los grupos que ve nombrados en el vivero, porque un híbrido de té y una tapizante no tienen nada que ver ni en porte ni en poda, y saber cómo se cultiva un rosal en el clima de aquí, con verano seco y suelos calizos en buena parte del país.
El género Rosa en pocas líneas
Los rosales son arbustos leñosos, casi siempre con aguijones (que no son espinas verdaderas, sino excrecencias de la corteza), hojas compuestas por foliolos impares y flores de cinco pétalos en las especies silvestres. Todo lo que tiene más pétalos procede de la selección hortícola: los estambres se han transformado en pétalos, y por eso muchas rosas muy dobles apenas producen polen.
El fruto es el escaramujo, una estructura carnosa que encierra los aquenios y que en las especies silvestres se pone rojo o anaranjado en otoño. En un rosal de jardín conviene retirar las flores marchitas precisamente para que no lo forme, porque cuajar fruto consume las reservas que la planta emplearía en florecer de nuevo.
Sobre el número de especies no hay acuerdo: se citan cifras que van de un centenar a más de doscientas, porque el género hibrida con facilidad y los límites entre especies silvestres son borrosos. Con las variedades cultivadas ocurre algo parecido: se han registrado decenas de miles a lo largo de la historia, pero en el mercado activo hay unos pocos miles, y cada año entran novedades que desplazan a otras.
Cómo se clasifican las rosas
La clasificación que manejan las asociaciones internacionales de rosalistas divide el género en tres grandes bloques. Es una división práctica, con una frontera histórica en 1867, año en que apareció 'La France', el primer híbrido de té.
Rosas silvestres o especies. Las que existen en la naturaleza y sus formas próximas. Flor simple de cinco pétalos, floración única en primavera y gran rusticidad. En España son comunes el rosal silvestre o escaramujo (Rosa canina), el rosal de siempreverde (Rosa sempervirens) en zonas mediterráneas húmedas y el rosal de escocia (Rosa pimpinellifolia) en el norte. En jardinería sirven para setos informales y para zonas naturalizadas donde no se va a intervenir.
Rosas antiguas. Los grupos de jardín anteriores a 1867: gálicas, damascenas, albas, centifolias y musgosas, todas ellas europeas y de floración única, y los grupos que llegaron con el material asiático y ya repetían flor, como las rosas de china, las de té, las borbón, las noisette y los híbridos perpetuos. Su valor está en el perfume, en la forma de la flor en cuartos y en la resistencia del arbusto. Muchas soportan mejor la sequía y el descuido que un rosal moderno.
Rosas modernas. De 1867 en adelante. Aquí están los híbridos de té, de flor grande y solitaria en tallo largo; las floribundas, con muchas flores en ramillete y floración muy continua; las polianta, las miniatura y las de patio, de porte pequeño; las tapizantes o paisajísticas, que cubren suelo y casi no necesitan poda; las trepadoras y sarmentosas; las arbustivas modernas, y las rosas inglesas de David Austin, que en la clasificación oficial entran como arbustivas.
Cómo elegir un rosal
El color es lo primero que mira todo el mundo en el vivero y es lo último que debería decidir la compra. Antes hay tres preguntas más útiles.
Qué papel va a cumplir. Para cortar flor y ponerla en un jarrón, un híbrido de té. Para dar color continuo en un arriate, una floribunda o una arbustiva moderna. Para cubrir una valla o una pérgola, una trepadora. Para un talud o una rotonda sin riego frecuente, una paisajística. Elegir el grupo equivocado obliga a pelearse con la planta todos los años.
Cómo es su clima. En el interior peninsular, con veranos de más de 35 grados, las variedades de muchos pétalos abren de golpe y se queman; las de pétalo grueso y color oscuro aguantan mejor. En la cornisa cantábrica, con verano húmedo, el problema es la mancha negra, y ahí la resistencia a hongos pesa más que cualquier otra cosa. En el litoral mediterráneo, con invierno suave, casi todo funciona, pero los rosales crecen mucho más de lo que dice la etiqueta.
Qué resistencia tiene la variedad. La sensibilidad al oídio, a la mancha negra y a la roya varía enormemente entre cultivares del mismo grupo. Es el dato que más trabajo ahorra a lo largo de los años y el que menos aparece en la etiqueta del centro de jardinería.
Suelo, plantación y riego
El rosal quiere suelo profundo, fértil y con drenaje, y se encuentra cómodo entre pH ligeramente ácido y neutro. En el este y el sur peninsular, con suelos calizos y agua dura, aparece la clorosis férrica: hojas jóvenes amarillas con los nervios verdes. Se corrige aportando materia orgánica y quelatos de hierro formulados para pH alto, y vuelve cada temporada si el agua de riego es la misma.
La plantación a raíz desnuda se hace de noviembre a febrero, fuera de heladas, que es cuando hay variedades de verdad para elegir y cuando el rosal enraíza mejor. En contenedor se puede plantar en casi cualquier momento salvo en pleno verano. El punto de injerto queda a ras de suelo, y la separación entre arbustos, de 60 a 80 centímetros en híbridos de té y floribundas, más en arbustivas.
El riego debe ser abundante y espaciado, para que la raíz baje, y siempre al pie. Mojar el follaje al atardecer es la manera más eficaz de tener hongos: el agua se queda horas sobre la hoja. Un acolchado de corteza o compost reduce la evaporación y mantiene el suelo fresco en agosto, que es cuando el rosal más sufre en el interior.
El año del jardinero de rosas
Invierno. Plantación a raíz desnuda y poda principal, al final de la parada vegetativa: enero en el litoral y el sur, febrero o marzo en la meseta y el norte de interior. Se retiran las hojas caídas del suelo, donde los hongos pasan el invierno.
Primavera. Abonado al arrancar la brotación, vigilancia del pulgón en los brotes tiernos y de las primeras manchas de oídio. La floración fuerte llega entre finales de abril y junio según la zona.
Verano. Riego, acolchado y limpieza de flores marchitas cortando por encima de una hoja completa. En julio y agosto el arbusto se frena y las flores salen más pequeñas: es normal y no requiere intervención.
Otoño. Segunda oleada de floración, a menudo la mejor del año en calidad de flor. Se deja de forzar el nitrógeno para que la madera endurezca, y en zonas frías se protege el pie con un cordón de tierra o de material vegetal.
Los tres hongos de siempre
El oídio cubre brotes y capullos de un polvo blanco; prospera con días cálidos y noches húmedas, sobre todo en mayo y septiembre. La mancha negra produce manchas oscuras de borde difuso, amarilleo y caída de hoja, y necesita agua líquida sobre la hoja durante horas. La roya deja pústulas anaranjadas en el envés.
Contra los tres, lo que funciona es de cultivo: separar las plantas, abrir el centro del arbusto con la poda, regar al pie y por la mañana, retirar las hojas caídas y elegir variedades resistentes. Si además hay que tratar, en un jardín particular solo pueden usarse productos autorizados para jardinería exterior doméstica, con la dosis de la etiqueta, y nunca en floración ni en horas de vuelo de las abejas. Hay más detalle en el artículo sobre enfermedades y plagas de los rosales.
En resumen
Las rosas se ordenan en tres grandes bloques (silvestres, antiguas y modernas), con la frontera convencional en 1867, y dentro de las modernas cada grupo responde a un uso distinto en el jardín: flor de corte, masa de color, cobertura de suelo o pérgola. Elegir bien el grupo y la variedad, atendiendo al clima y a la resistencia a hongos, resuelve la mitad del trabajo de los años siguientes.
La otra mitad es rutina: plantar a raíz desnuda en invierno con el injerto a ras, suelo drenado con materia orgánica y corrección del hierro donde el suelo es calizo, riego abundante al pie sin mojar la hoja, poda al final del invierno según el grupo y limpieza de flores marchitas durante la temporada. Con eso, un rosal dura décadas en un jardín español.