El jardín seco japonés, el kare sansui, es un paisaje hecho solo con materiales minerales: grava rastrillada que representa el agua y rocas que representan islas o montañas. No lleva riego, no lleva flor y casi no lleva planta. Es, de toda la tradición japonesa, lo que mejor se traslada a un clima con cinco meses de sequía y a un patio pequeño donde no cabe otra cosa.

Trasladarlo bien exige dos cosas: entender que la composición de las rocas es el proyecto entero, y aceptar que el mantenimiento no es cero sino distinto. Y si además se quiere vegetación, la selección no tiene por qué salir de un catálogo asiático: la flora ibérica da todo lo que este tipo de jardín pide, con la ventaja de que aguanta agosto sin ayuda.

El sugerente Jardín a la luz plateada de la Luna de Haruko Seki y Makato Saito (Chelsea Flower Show 2008) buscaba poner en valor la jardinería japonesa y también las futuras posibilidades del arte contemporáneo.

De dónde sale el jardín seco

Los kare sansui se popularizaron durante el período Muromachi (1392-1573), cuando el budismo zen se extendió por Japón, y se levantaban delante de las salas de meditación de los templos. De ahí que se les llame también jardines contemplativos: no son para recorrerlos, son para mirarlos sentado desde un único punto, casi siempre una galería de madera.

El más conocido es el de Ryoan-ji, en Kioto, del siglo XV: un rectángulo de grava rastrillada del que emergen quince rocas repartidas en cinco grupos sobre islotes de musgo, cerrado por un muro bajo de tierra. Lo llamativo es lo que no tiene. No hay agua, no hay árbol dentro del recinto, no hay flor y no hay simetría. Todo el efecto sale de la proporción entre lo lleno y lo vacío.

Esa idea es la que enlazó con el minimalismo arquitectónico occidental del siglo XX y produjo la oleada de jardines llamados zen que se ven hoy en patios de oficinas y viviendas. Cuando la traducción se hace mal, el resultado es una superficie de grava sin criterio con tres piedras encima. Cuando se hace bien, es un espacio que funciona todo el año y que no pide más que un rastrillo. La diferencia está en la colocación de las rocas.

Colocar las rocas

La composición se organiza en grupos impares, casi siempre de tres, cinco o siete piezas, y los grupos se distribuyen descentrados, nunca a distancias iguales entre sí ni de los bordes. Dentro de cada grupo se combinan alturas y direcciones distintas: una pieza dominante vertical, una segunda tumbada y menor, y una tercera intermedia que las une. Ese trío es el módulo básico de la jardinería japonesa y se repite con variaciones por todo el jardín.

Tres reglas prácticas que evitan los errores más visibles:

  • Una sola procedencia. Todas las rocas del jardín, del mismo tipo de piedra y del mismo color. Mezclar caliza, pizarra y granito destruye la unidad antes de empezar.
  • Vetas alineadas. Si la piedra tiene estratos visibles, todas las piezas se colocan con la veta en la misma dirección, como si afloraran de un mismo estrato del terreno.
  • Nada de altura par. Dos rocas de la misma altura juntas leen como una pareja y devuelven la simetría que se estaba evitando.

Las piezas se eligen enteras y se colocan de una vez, sin ir añadiendo con el tiempo. Un jardín seco al que se le van sumando piedras acaba pareciendo un almacén.

La grava y el rastrillo

Bajo la grava va una base compactada con pendiente ligera para que el agua de lluvia salga, una lámina geotextil que frena las hierbas sin impedir el drenaje y un espesor de grava de unos 5 cm, suficiente para rastrillar sin descubrir la lámina. Un borde perimetral de piedra, ladrillo o acero corten contiene el material y da el límite claro que la composición necesita.

El dibujo del rastrillo tiene código: las líneas rectas y paralelas representan agua en calma; las líneas concéntricas alrededor de cada roca, las ondas que provoca una isla. Rehacerlo lleva unos minutos y se pierde con la lluvia fuerte, con el viento y con los gatos del barrio, que encuentran la grava fina muy cómoda. En una parcela con árboles alrededor hay que contar además con la caída de hoja: soplar hojas sobre grava fina es incómodo, así que conviene situar el jardín seco lejos de la copa de los caducos.

Especies ibéricas para un jardín de aire japonés

La flora peninsular cubre sin dificultad los papeles que en Japón desempeñan las especies locales, y con mejor comportamiento en verano. Estas son las correspondencias que funcionan.

Papel en el jardínEspecies peninsulares
Árbol de silueta, para podar en altoArce de Montpellier (Acer monspessulanum), arce común (Acer campestre), madroño (Arbutus unedo), olivo
Conífera de porte trabajadoPino albar (Pinus sylvestris), pino carrasco (Pinus halepensis) en el sur y el este, sabina negral (Juniperus phoenicea), enebro (Juniperus oxycedrus)
Masa redondeada de fondoLentisco (Pistacia lentiscus), mirto (Myrtus communis), coscoja (Quercus coccifera)
Volumen bajo recortableRomero rastrero, lavanda, tomillo, jaras (Cistus) en suelo pobre
Zonas frescas y de montañaPino negro (Pinus uncinata), pino moro (Pinus mugo), rododendro de los Pirineos (Rhododendron ferrugineum)

Un matiz sobre las especies de montaña: el pino moro y el rododendro pirenaico son plantas de clima frío y húmedo. En Madrid, Zaragoza o Valencia sufren, y en el litoral mediterráneo no tienen ninguna posibilidad a medio plazo. Se plantan donde el clima corresponde, no donde se quiere que corresponda.

Sobre el boj (Buxus sempervirens), que es la elección clásica para las masas recortadas: hoy está complicado en gran parte de España por la oruga del boj (Cydalima perspectalis), una polilla asiática que defolia setos enteros en pocas semanas y que se ha extendido por la mitad norte y por buena parte del resto del país. Mantener boj implica vigilancia y tratamiento repetido. El mirto, el Pittosporum tobira enano y la Teucrium arbustiva dan un recorte parecido sin ese problema.

Precauciones con las plantas tóxicas

Dos de las especies habituales en este tipo de jardín son tóxicas por ingestión y conviene saberlo si hay niños pequeños o animales en casa. El boj lo es en hojas y corteza, por su contenido en alcaloides. Las azaleas y rododendros lo son en todas sus partes, incluida la flor y el néctar, por las grayanotoxinas. En caso de ingestión, la consulta es al médico o al veterinario, y ninguna de las dos plantas tiene un uso comestible ni medicinal doméstico.

El tejo (Taxus baccata), que también aparece a veces recortado en estos jardines, es tóxico en todas sus partes salvo la pulpa roja del arilo, y la semilla que va dentro sí lo es. Es un árbol magnífico y de crecimiento lento, apropiado para el norte peninsular, pero merece esa advertencia.

Poda de nube y mantenimiento

La poda que da a estos jardines su aspecto característico es el niwaki: se aclara el interior de la copa, se eliminan las ramas que cruzan y se deja que cada rama principal termine en una plataforma densa de vegetación, la nube. El resultado enseña el tronco y la ramificación, que es lo que se quiere ver en invierno.

En pinos, el trabajo tiene dos momentos al año. En primavera, cuando las velas del año alargan pero antes de que abran las acículas, se despuntan o se eliminan las más vigorosas para igualar el crecimiento y compactar la nube. En otoño se retiran las acículas viejas del interior a mano y se aclaran los brotes sobrantes de cada punta. En frondosas de hoja pequeña, el recorte se hace tras la floración y se repite en verano si hace falta.

El resto del mantenimiento de un jardín seco es poco pero constante: rastrillar, retirar hojas, arrancar a mano las hierbas que aparecen en la grava (los herbicidas manchan y no hacen falta en superficies pequeñas) y reponer grava cada varios años, porque se va perdiendo con el barrido y el pisado. A cambio, no hay riego que programar ni siega que hacer, que en el verano peninsular es exactamente la diferencia entre un jardín que se sostiene y uno que no.

En resumen

El jardín seco es la fórmula japonesa que mejor encaja en España porque prescinde del agua justo donde el agua falta. Su proyecto entero está en la colocación de las rocas: grupos impares, una sola procedencia de piedra, vetas alineadas y distancias desiguales. La grava rastrillada aporta el resto, con una base bien drenada y un borde que la contenga.

Para la parte vegetal no hace falta importar nada: arces peninsulares, lentisco, mirto, sabinas y pinos autóctonos cubren los mismos papeles y aguantan el verano. Conviene tener presentes dos avisos: la oruga del boj complica hoy el uso de esa especie en gran parte del país, y boj, rododendros y tejo son tóxicos por ingestión.


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