Un jardín de inspiración japonesa no se consigue comprando una linterna de piedra y un puente rojo. Se consigue con tres decisiones que se toman antes de plantar nada: reducir el número de especies, dar peso al suelo y a la piedra, y diseñar un recorrido que obligue a caminar despacio. Todo lo demás es decoración, y la decoración es justamente lo que convierte estos jardines en un decorado.
Lo que hoy hacen los paisajistas occidentales con la tradición japonesa no es copiarla, sino quedarse con su gramática: asimetría, espacios vacíos que dan valor a lo lleno, agua como centro de gravedad, y plantas escogidas por su forma y su textura más que por su flor. Aplicada con especies mediterráneas y en un clima con veranos de cuarenta grados, esa gramática funciona igual de bien, y además da un jardín que se sostiene.
Un estanque formal sobre el que se cruzan dos sinuosos caminos, uno de pizarra gris y otro de nenúfares. Arabella Lennox-Boyd buscó rasgos orientales sin abandonar la tradición inglesa en este jardín para el Chelsea Flower Show.
Qué se copia y qué no
El error habitual es importar el catálogo de objetos: la pagoda, la puerta torii, el puente curvo, la linterna toro. Son elementos con un significado concreto dentro de una cultura, y fuera de ella quedan como atrezo. Un jardín japonés de verdad no está lleno de esos objetos; suele tener uno, colocado con una razón.
Lo que sí se traslada bien es el método. En la jardinería japonesa el diseño parte del sitio: la pendiente que ya existe, la roca que ya está, la vista que se quiere enmarcar y la que se quiere tapar. A esa idea de tomar prestado el paisaje de fondo se la llama shakkei, y no exige nada exótico: si desde tu parcela se ve una sierra, un pinar o incluso un solo árbol grande del vecino, el jardín se organiza para que esa vista aparezca desde el punto donde uno se sienta y desaparezca desde el resto.
El segundo principio trasladable es la asimetría. Nada de ejes centrales ni de parejas de macetas flanqueando una puerta. Los grupos se hacen en números impares, se descentran, y se deja que un lado pese más que el otro. El tercero es el vacío: una superficie sin plantas no es una superficie por terminar, es la que permite que lo demás se lea.
El agua manda
En casi todos estos jardines el agua es el centro de gravedad, y no hace falta que sea mucha. Funcionan tres formatos, de mayor a menor esfuerzo.
- La lámina quieta. Un rectángulo de agua a ras de suelo, sin surtidor y con el fondo oscuro, refleja el cielo y la vegetación y duplica visualmente el jardín. Es el recurso más eficaz y el más barato de mantener si se dimensiona bien.
- El estanque naturalizado. Bordes irregulares, plantas de ribera y algo de profundidad. Necesita al menos 60 cm en una zona para que el agua no se caliente entera en agosto, y plantas flotantes que cubran parte de la superficie para frenar las algas.
- El tsukubai. Un simple recipiente de piedra con agua, alimentado por un caño o rellenado a mano. Ocupa medio metro cuadrado y da el sonido y el brillo sin obra.
En clima mediterráneo hay que contar con la evaporación desde junio hasta septiembre y con los mosquitos. Un movimiento mínimo de agua, aunque sea el de una pequeña bomba que devuelve el caudal por un caño de bambú, evita el agua estancada. Y conviene decidir desde el principio si el estanque va a tener peces: si los tiene, el volumen y la filtración crecen bastante.
Piedra, grava y suelo
La piedra es la estructura permanente del jardín, lo que no cambia con las estaciones. Merece la pena gastar en pocas piezas grandes antes que en muchas pequeñas. Una roca se coloca enterrando una parte, un tercio o más, para que parezca que estaba ahí antes que el jardín; apoyada sobre el terreno se ve postiza al instante.
Para elegirla, la regla práctica es la del origen: piedra de la zona. En el interior peninsular y en el este, caliza; en el noroeste y en buena parte del Sistema Central, granito y pizarra. Además de salir más barata, encaja con el color de la tierra y del resto de construcciones. Mezclar cinco tipos de roca distintos es lo que rompe la calma que se busca.
La grava rastrillada es el otro material característico. Se usa grava de machaqueo, angulosa, de 3 a 8 mm, que mantiene el dibujo del rastrillo; el canto rodado se descoloca al pisarlo y no dibuja. Debajo va una lámina geotextil y un espesor de unos 5 cm. Conviene saber de antemano que una superficie de grava en un jardín con árboles cerca es trabajo constante: hojas, semillas y polvo obligan a soplarla o rastrillarla a menudo.
Caminos que hacen ir despacio
En estos jardines el recorrido es la pieza de diseño principal. Un camino recto se atraviesa; un camino que gira se recorre. La técnica clásica es el paso de losas separadas, cada una con espacio para un pie, que fuerza a mirar al suelo y a bajar el ritmo. En las curvas se coloca una losa más ancha, porque ahí es donde uno se para a levantar la vista, y esa parada se hace coincidir con la mejor vista del jardín.
El otro recurso es esconder. Si desde la entrada se ve el jardín entero, el jardín se acaba en tres segundos. Una pantalla de bambú, un arbusto grande o un cambio de nivel que oculte el fondo hacen que un espacio de sesenta metros cuadrados dé varias escenas en vez de una.
Plantas por forma, no por flor
La paleta es corta a propósito: pocas especies, repetidas. Se busca volumen, silueta y textura de hoja, con la floración como acento breve y no como espectáculo continuo. En la práctica esto se traduce en tres capas.
La capa alta la dan árboles y arbustos de porte definido, que se pueden aclarar con poda para que se vea el tronco y la ramificación. El arce japonés (Acer palmatum) es el tópico y funciona, pero solo en sombra fresca, suelo ácido o neutro y sin viento seco; en un patio de Murcia o Sevilla a pleno sol se quema el borde de la hoja el primer verano. Alternativas peninsulares con la misma vocación de silueta son el arce de Montpellier (Acer monspessulanum), el madroño (Arbutus unedo), el mirto (Myrtus communis) y el olivo, que podado en alto es un ejercicio de forma tan bueno como cualquier niwaki.
La capa media es la de las masas redondeadas. Boj, mirto, Pittosporum tobira enano, romero rastrero o lavanda recortada en bola dan ese perfil de nube que en Japón se consigue con azaleas (Rhododendron indicum) podadas, y aguantan el verano sin discusión. La capa baja es musgo en el norte húmedo y, donde el musgo no vive, grava, hierbas bajas o tapizantes de hoja pequeña.
Un aviso sobre los bambúes de pantalla: las especies del género Phyllostachys se extienden por rizomas corredores y colonizan lo que tengan alrededor, incluidas las juntas de un pavimento y la parcela del vecino. Si se plantan, van dentro de una barrera antirrizoma enterrada y con el borde superior sobresaliendo unos centímetros para poder revisarla. Los bambúes cespitosos, como los Fargesia, no dan ese problema, aunque llevan peor el calor seco del centro y el sur.
De la misma manera, en los jardines húmedos del norte se ve a menudo Gunnera tinctoria, la planta de hojas enormes que se usa junto al agua. Está incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013, lo que implica que su posesión, transporte, comercio y plantación están prohibidos. No es una opción, por vistosa que resulte.
Adaptarlo al clima de aquí
El jardín japonés nace en un clima con lluvias de verano y humedad alta. La península ibérica, salvo la cornisa cantábrica y zonas de montaña, tiene lo contrario: sequía estival de tres a cinco meses. Trasladar el modelo sin traducirlo lleva a un jardín que solo se sostiene a base de riego.
La traducción consiste en sustituir la función, no la especie. Donde el modelo pide musgo, aquí van tapizantes o grava. Donde pide azalea, van mirtos o coronillas recortadas. Donde pide helechos de sotobosque húmedo, va el helecho común (Pteridium aquilinum) en zonas frescas, o simplemente sombra y suelo desnudo. Y el agua, que en el original es abundante, aquí se concentra en una lámina pequeña y bien orientada en vez de repartirse en arroyos que hay que rellenar cada semana.
Los suelos calizos del este y el sur son la otra limitación real. Arces japoneses, azaleas, camelias y rododendros necesitan pH ácido; en una tierra caliza amarillean por clorosis férrica y no hay abonado que lo arregle a largo plazo. En esas zonas, o se plantan en contenedor con sustrato específico, o se cambia la especie. La segunda opción es la que da un jardín tranquilo, que es de lo que trataba todo esto.
En resumen
La calma de estos jardines no está en los objetos japoneses sino en tres decisiones: pocas especies repetidas, mucha superficie sin plantar y un recorrido pensado para que se camine despacio. El agua, aunque sea medio metro cuadrado, y unas pocas piedras grandes bien enterradas hacen más que cualquier linterna de piedra.
Adaptado al clima peninsular, el modelo pide sustituir funciones en vez de importar especies: mirto y boj donde el original pone azalea, olivo o madroño donde pone arce, grava donde pone musgo. Y dos precauciones concretas, la barrera antirrizoma si se planta bambú corredor y descartar Gunnera tinctoria, que está prohibida por el Real Decreto 630/2013.