Un sofá de jardín se compra mirando la estructura y se disfruta o se sufre por los cojines. Esa es la inversión de prioridades que casi todo el mundo hace: el ratán sintético o el aluminio se eligen con cuidado y la cojinería se da por hecha, y luego resulta que la espuma tarda tres días en secarse después de una tormenta de agosto, que la funda no se quita para lavarla y que la tela ha perdido el color por un lado en el primer verano. Un conjunto con buena estructura y mala cojinería se deja de usar en dos temporadas.
Lo segundo que decide todo es la medida. Un sofá de exterior es profundo y bajo, mucho más que una silla, y ocupa en planta bastante más de lo que parece en la foto de catálogo. Antes de mirar modelos, marca en el suelo con cinta de pintor el rectángulo que va a ocupar el conjunto, cuenta setenta centímetros libres para pasar por delante de la mesa baja y comprueba que sigues pudiendo abrir la puerta de la terraza. Muchos conjuntos se devuelven por esto y no por el material.
Conjunto de exterior con asiento bajo y profundo. Ocupa en planta mucho más que un juego de mesa y sillas.
La cojinería es el noventa por ciento del problema
Hay tres cosas que mirar, y ninguna se ve en una foto.
El relleno. Una espuma de poliuretano normal, la misma que lleva un sofá de interior, es de celda cerrada por fuera y esponja por dentro: absorbe agua como un bizcocho y luego no seca, porque la funda impide que evapore. A los pocos meses huele a humedad y aparece el moho en las costuras. Lo que se usa en exterior de verdad es espuma drenante, de celda abierta y alta permeabilidad, pensada para que el agua entre y salga por gravedad, o rellenos de fibra hueca que escurren. Pregunta explícitamente por esto, porque es la diferencia entre un cojín que aguanta la intemperie y uno que hay que meter dentro cada noche.
La funda. Que se quite con cremallera y se pueda lavar. Suena obvio y la mitad de los conjuntos baratos llevan la tela cosida, o con una cremallera tan justa que no hay forma de volver a meter la espuma. Si la funda no sale, el cojín entero es desechable al primer vino derramado.
La tela. Aquí la distinción útil es entre tela teñida en masa, en la que el color está en la propia fibra, y tela teñida en superficie, en la que el color está encima. La primera aguanta el sol y los lavados sin decolorarse de forma apreciable durante años; la segunda pierde color y, en cuanto se destiñe, se destiñe por donde le da el sol y deja el cojín a dos tonos. Las telas acrílicas de exterior son las que mejor se portan. Un poliéster corriente con un baño hidrófugo es lo que llevan los conjuntos de precio bajo, y ese baño se va con los lavados.
Y por muy bueno que sea el cojín, hay algo que no perdona: guardarlo mojado. Si se van a quedar fuera, que sea en un arcón que ventile, no en una bolsa de plástico cerrada.
La estructura interior: aluminio o acero
En un conjunto de ratán sintético lo que sostiene es el tubo de debajo, que no se ve. Si es de aluminio, no se oxida y da igual que se raye; es lo que quieres, sobre todo en la costa. Si es de acero, aunque venga pintado, el óxido empieza por dentro del tubo, por donde no lo ves, y sale años después reventando la pintura y manchando el suelo. En un conjunto de acero es importante que los tubos estén tapados por los extremos para que no entre agua al interior.
El peso te dice mucho. Un conjunto sospechosamente ligero suele ser de tubo de pared fina, que es donde se recorta el precio, y ese tubo se abolla con un golpe y cede en las uniones. Un conjunto muy pesado con estructura de acero será estable pero difícil de mover para limpiar debajo y con todas las papeletas de oxidarse.
La madera también se usa, y en asiento bajo funciona bien si es madera dura o pino tratado en autoclave para clase de uso de exterior. Pide más mantenimiento que el metal y, sobre todo, no le gusta estar plantada sobre un suelo que retiene agua: los extremos de las patas son la vía de entrada de la humedad.
El ratán sintético, que no es todo igual
El ratán sintético es fibra de plástico tejida sobre la estructura. La buena es de polietileno con protección ultravioleta, y con los años se limita a perder un poco de brillo. La mala es de cloruro de polivinilo barato, que al sol se vuelve quebradizo, se decolora y empieza a saltar por las esquinas, y una fibra rota en un tejido se va abriendo sola.
Cómo distinguirlo sin catálogo: tira suavemente de una fibra en un canto. La buena es flexible y vuelve; la mala está tiesa y cruje. Y mira el tejido por dentro del asiento, donde no se cuida el acabado, para ver si las fibras están sujetas o solo grapadas.
Del mimbre y la médula naturales, mejor olvidarse en exterior. Son fibras vegetales y a la intemperie se abren en un par de temporadas. Valen para un porche cubierto, no para un jardín.
Modular: lo que promete y lo que cumple
Los conjuntos modulares se venden con la idea de que puedes recomponerlos cada temporada. En la práctica se colocan una vez y se quedan, porque cada módulo pesa y porque las piezas solo encajan en unas pocas combinaciones reales. Eso no es un problema, pero conviene comprarlo sabiéndolo: elige la configuración que vas a usar y no pagues por una flexibilidad que no vas a ejercer.
Donde el modular sí gana es en dos cosas. La primera es que puedes ampliar más adelante si el fabricante mantiene la serie, y ahí está el riesgo: al año siguiente la tela es otra y el módulo nuevo no pega. La segunda es que los módulos sueltos pasan por una puerta y un sofá de tres plazas de una pieza a veces no. Mide el hueco de paso, incluido el descansillo y el giro de la escalera.
Si los módulos no van unidos con herrajes, se separan solos en cuanto alguien se sienta en el borde. Los clips de unión existen por algo.
Dónde se coloca
Un sofá de exterior se usa de tarde y de noche, así que lo que importa es dónde está la sombra a esa hora y no a mediodía. En el interior y el sur de España, un conjunto orientado a poniente es inservible de mayo a septiembre hasta que se pone el sol, y los cojines oscuros a pleno sol se ponen imposibles de tocar. Pegado a un muro blanco que devuelve el calor de todo el día, lo mismo.
Debajo de un árbol suena bien y depende del árbol. Un pino deja resina y piñas, una morera o un ciruelo ornamental frutos que tiñen la tela, y cualquier árbol con pulgón suelta melaza pegajosa todo el verano que además atrae avispas. Una pérgola o un toldo dan mejor sombra y no gotean nada.
Y mira el suelo antes: un conjunto pesado sobre césped lo mata en una semana y deja el hueco marcado meses. Va sobre tarima, losa, adoquín o grava compactada.
Tejido sintético sobre estructura de tubo. El estado de las fibras en los cantos es lo que delata la calidad.
Lo que se estropea antes
Por orden, en un conjunto de exterior se va primero la tela de los cojines, luego la espuma, luego los herrajes de acero corriente (tornillos y clips que oxidan y manchan) y por último la estructura. Como la estructura es lo que más dura, la pregunta que de verdad conviene hacer antes de pagar es si se venden cojines de repuesto de esa serie. Si la respuesta es que no, estás comprando un conjunto con fecha de caducidad de tres o cuatro veranos, por mucho que el aluminio dure veinte.
El cristal de la mesa baja es otro punto: el templado aguanta bien, pero si un día se rompe, comprobar que se puede reponer la pieza marca la diferencia entre un arreglo y una mesa a la basura.
En resumen
Mide primero y elige después. Un conjunto de sofás pide más planta de la que parece, y lo que lo hace utilizable es el asiento bajo y profundo con la cojinería adecuada: espuma drenante, funda con cremallera lavable y tela teñida en masa. Debajo, estructura de aluminio si puedes, y fibra de polietileno con protección solar si es de ratán sintético.
Lo demás son costumbres. Los cojines se guardan secos y en un sitio que ventile, el conjunto no va encima del césped ni debajo de un árbol que gotea, y antes de comprar se pregunta si hay repuestos de cojines. Eso es lo que separa un conjunto que sigue en uso a los diez años de uno que acaba tapado con una funda y sin que nadie se siente en él.