En un balcón, en una terraza pequeña o en un patio de ciudad, una silla de exterior se elige por dos cosas: cuánto estorba cuando no te estás sentando en ella y si de verdad se está cómodo. Lo demás es decoración. Una silla apilable de resina ocupa un cuarto de lo que ocupa una silla fija cuando la guardas en columna contra la pared, y una plegable cabe de canto detrás de una puerta, pero ninguna de las dos sirve de nada si al sentarte a comer la mesa te queda a la altura del pecho.
Así que antes de mirar modelos, mide dos cosas en tu sitio: el ancho libre que tienes para que una silla se separe de la mesa y alguien pase por detrás, y la altura de la mesa que ya tienes. Con eso ya has descartado la mitad de las opciones.
Sillas de exterior con estructura ligera. En espacio pequeño, lo que decide es cómo se guardan.
La geometría, que es lo que decide si se está bien
Una silla de comedor de exterior tiene el asiento a una altura parecida a la de una silla de interior, alrededor de cuarenta y cinco centímetros, y una mesa de comedor ronda los setenta y cinco. La diferencia entre las dos es lo que te deja sitio para las piernas, y cuando baja de unos veinticinco centímetros se come el hueco del muslo y comes con los codos levantados. Es el error típico al mezclar una silla baja de descanso con una mesa de comer.
La silla de descanso es otra cosa y no es intercambiable: asiento más bajo, más profundo y con el respaldo más tumbado. Está pensada para estar sentado media hora leyendo, no para cenar. Si tienes espacio para un solo juego de sillas, decide para qué las quieres de verdad, porque la silla que sirve para las dos cosas no existe.
Mira también el respaldo. Un respaldo que llega a media espalda se aguanta un rato corto; uno que llega a los hombros cambia por completo lo cómodo que resulta estar sentado un tiempo largo. Y los brazos, que parecen un detalle, deciden si la silla cabe debajo de la mesa cuando la recoges y si se apila.
Apilable, plegable o fija en un sitio pequeño
La apilable es la más práctica del grupo cuando hay que guardar varias. Se amontona en columna, se saca de una en una sin desmontar nada y no tiene bisagras, que es el punto que suele fallar. Sus dos problemas son que la columna es alta y vuelca con el viento si la dejas suelta, y que las sillas de resina se rayan unas a otras al apilarse; una tela o un cartón fino entre asiento y asiento lo evita.
La plegable gana cuando el sitio es estrecho y alto, porque de canto ocupa casi nada. La contrapartida está en las articulaciones: son piezas móviles a la intemperie, se ensucian, se agarran y con el tiempo quedan con holgura y la silla cruje. En las plegables de madera además hay que revisar el pasador y el tornillo del cruce, porque es donde se juega toda la estabilidad. Y ojo con la de tijera, que pilla los dedos al cerrarla, un descuido bastante habitual con niños delante.
La fija es la más sólida y la más cómoda, y es la peor idea en una terraza pequeña salvo que tengas donde dejarla todo el año a la vista. Si eliges fija, que al menos entre debajo de la mesa.
Materiales: cómo envejece cada silla
La silla monobloque de resina blanca es barata, ligerísima y aguanta la lluvia sin enterarse. Lo que le pasa con los años es el sol: el ultravioleta va volviendo el plástico amarillo, mate y quebradizo, y llega un momento en que una pata cede de golpe. Las que llevan aditivos de protección ultravioleta tardan bastante más, pero el final es el mismo. Si la dejas a pleno sol de julio todo el verano, cuenta con unas cuantas temporadas y no con una vida.
El aluminio no se oxida, y por eso es el material más agradecido para una silla que va a estar fuera. Pesa poco, que es bueno para apilar y malo con el viento. El acero, aunque venga pintado o galvanizado, empieza a oxidarse en cuanto se raya o se golpea el recubrimiento, y en la costa, con salitre, va mucho más rápido. Un punto de óxido tratado a tiempo no es nada; un punto de óxido dejado dos años se come el tubo.
La madera de silla plegable suele ser madera dura tropical o pino tratado. La dura aguanta a la intemperie tomando una pátina gris que es superficial. El pino tratado aguanta si el tratamiento es de verdad para exterior y si no se queda plantado en un suelo que retiene agua. En los dos casos, la humedad entra por los extremos de las patas.
Las sillas de tela tensada, del tipo silla de director o de malla tipo textilene, son las más cómodas en verano porque transpiran y no acumulan calor. Su punto débil es la tela y las costuras, que es lo primero que se degrada con el sol, y las que llevan la tela cosida a la estructura sin poder cambiarla se tiran enteras cuando se rompe una funda de diez euros.
Sillas ligeras con mesa baja. La altura del asiento y la de la mesa tienen que ir emparejadas.
Lo que rompe una silla de exterior
Casi nunca es el material noble, es la unión. En las sillas de tubo, el remache y el tornillo: si son de acero corriente en una estructura de aluminio se oxidan ellos y manchan el tubo, y una silla con los remaches flojos se descuadra y acaba rompiendo por otro sitio. En las plegables, la bisagra. En las de madera, la unión encolada del travesaño con la pata, que trabaja con cada persona que se sienta.
Otra cosa que se ignora: la carga máxima. Está en la etiqueta y suele rondar los cien o ciento veinte kilos en sillas domésticas. Importa sobre todo por el uso que no está previsto, que es subirse a una silla de jardín para alcanzar algo o para colgar una guirnalda. Para eso hay escaleras.
Y la silla de segunda mano de resina que lleva diez años al sol es la excepción a la regla de aprovechar lo que hay. No se ve por fuera lo quebradiza que está.
El suelo, que casi nadie mira
Una silla de cuatro patas finas sobre césped se hunde y queda desnivelada, y encima deja cuatro calvas en el césped si la dejas siempre en el mismo sitio. Sobre grava pasa algo parecido: la pata se clava y la silla baila. En los dos casos, o va sobre una losa, o mejor una silla con pie ancho o con patas de trineo, que reparten el peso.
Sobre tarima de madera el problema es el contrario: los tacos de plástico de las patas se pierden y el tubo desnudo raya la tarima y clava el óxido en la madera. Revisa los tacos una vez al año, que valen cuatro perras.
Y el viento. Una silla de aluminio o de resina vacía sale volando en una racha, y en un balcón alto eso es un objeto cayendo a la calle. Las sillas ligeras no se dejan sueltas contra la barandilla: se apilan y se atan, o se meten dentro.
Guardarlas y limpiarlas sin estropearlas
Lo único que no se perdona es guardarlas mojadas y apretadas unas contra otras. La madera se mancha, el metal empieza a oxidarse por el punto de contacto y cualquier tela coge moho. Se secan antes de apilar, y si van bajo funda, la funda tiene que respirar por abajo o hace de invernadero.
Para limpiar, agua templada con jabón suave y un cepillo blando. Nada de estropajo en la resina, porque la deja rayada y mate y a partir de ahí agarra más suciedad. Y nada de hidrolimpiadora a corta distancia sobre resina, tela o madera blanda: descarna la superficie y clava la suciedad dentro. En la tela tensada, cepillo y jabón, secar a la sombra y no plancharla nunca.
En resumen
Para un espacio pequeño, la apilable de aluminio o resina con protección solar es la opción más práctica, y la plegable la que menos sitio ocupa si puedes convivir con sus bisagras. Empareja siempre la altura del asiento con la de la mesa, comprueba que la silla entra debajo cuando la recoges y fíjate en los remaches y las telas, que es por donde se muere.
Y luego está lo que no depende de la silla: guardarla seca, atarla o meterla dentro cuando viene viento y no dejar la columna apilada haciendo equilibrio en un balcón. Una silla de jardín bien elegida y mal guardada dura menos que una del montón bien cuidada.