Un tronco leñoso, único y persistente que se ramifica bien por encima del suelo: ahí termina el arbusto y empieza el árbol. No es una frontera botánica cerrada —hay avellanos con porte de árbol y encinas achaparradas que parecen matorral—, pero sirve para ordenar la mirada cuando uno se pone a fotografiar. Y fotografiar árboles, si se hace con criterio, es la mejor forma de aprender a reconocerlos: la cámara obliga a fijarse en la corteza, en cómo salen las ramas del tronco y en qué mes está la copa, que es exactamente la información que hace falta para poner nombre a un ejemplar.
Esta página reúne especies muy distintas entre sí, algunas cultivables en media España y otras imposibles fuera de un invernadero o de Canarias. Conviene saber cuál es cuál antes de encapricharse con una foto.
Qué convierte a una planta en árbol
La clave está en el crecimiento secundario: una capa de cambium que cada temporada añade madera hacia dentro y corteza hacia fuera, engrosando el tronco. Eso es lo que permite sostener una copa de veinte metros y lo que deja los anillos anuales que luego se leen en un tocón.
Por eso las palmeras no son árboles en sentido estricto, aunque lo parezcan y aunque el diccionario las admita: son monocotiledóneas sin cambium, su tronco (estipe) no engorda con los años y no tiene anillos. Un Washingtonia de treinta años tiene el mismo diámetro que a los diez. Lo mismo pasa con los bambúes o con los drago canarios, que engordan por un mecanismo distinto del de un roble.
El otro rasgo definitorio es la dominancia apical: la yema terminal manda sobre las laterales y fuerza un eje principal. Cuando se corta esa guía —terciado, desmoche, poda de cabeza de gato— el árbol responde con un abanico de rebrotes mal anclados que en diez años pesan como ramas gruesas pero están sujetos solo a la corteza. Ese es el motivo real por el que un plátano desmochado acaba tirando ramas encima de un coche.
Cuántos árboles quedan y cuántos hay aquí
El recuento más citado, publicado en Nature en 2015 a partir de inventarios de campo y datos de satélite, dio unos tres billones de árboles en el planeta (tres millones de millones, con la escala larga que se usa en español). Es una cifra siete veces mayor que la que se manejaba antes, y sirvió sobre todo para calibrar otro número: la humanidad ha reducido la cifra a cerca de la mitad desde el inicio de la agricultura, y la pérdida neta actual se cuenta en miles de millones de pies al año.
En España la superficie forestal supera los 27 millones de hectáreas, y algo menos de 19 millones están efectivamente arboladas. Es uno de los países más forestales de Europa, con la particularidad de que buena parte de ese bosque es reciente: procede del abandono agrícola y ganadero de la segunda mitad del siglo XX. Un monte joven, denso y sin gestionar acumula combustible, y ahí se explica buena parte del comportamiento de los incendios peninsulares.
Muchas comunidades autónomas mantienen además catálogos de árboles singulares o monumentales con protección legal específica. Antes de fotografiar un ejemplar histórico merece la pena consultarlos: aportan edad estimada, dimensiones y accesos, y evitan buscar a ciegas.
Para qué sirve un árbol, más allá de la sombra
La función que más se nota en verano es física, no estética. Una copa densa intercepta la radiación solar directa antes de que llegue al pavimento, y además transpira: cada litro de agua que sale por los estomas se lleva unas 580 kilocalorías en forma de calor latente. Un árbol adulto puede mover cientos de litros en un día de julio. La diferencia entre una acera al sol y la misma acera bajo un almez se mide en decenas de grados de temperatura superficial y en varios grados de sensación térmica.
A eso se suman efectos menos visibles: raíces que cosen el suelo y frenan la erosión en ladera, hojarasca que alimenta el horizonte orgánico, intercepción de lluvia que reparte en el tiempo la llegada del agua al suelo, refugio para aves insectívoras y polinizadores, y una barrera acústica real cuando la masa es profunda —una fila de árboles aislados no insonoriza nada, por mucho que se repita lo contrario—.
Sobre la captura de carbono conviene ser sobrio: un árbol grande almacena mucho más que varios pequeños, y un árbol muerto y quemado lo devuelve. Plantar es útil; conservar el arbolado maduro que ya existe lo es más.
Cómo hacer fotos que sirvan para identificar la especie
Una foto bonita de una copa contra el cielo casi nunca permite decir qué árbol es. Si se quiere una imagen útil —para una consulta, para un herbario digital o para una aplicación de identificación— hacen falta cinco disparos:
1. El porte completo, con algo de escala al lado (una persona, una farola). La silueta invernal de un árbol de hoja caduca dice muchísimo: un olmo abre en copa de vaso, un chopo lombardo es una columna, un cedro del Himalaya llora en la punta.
2. La ramilla, no la hoja suelta. Aquí está la información decisiva y es la que casi siempre falta. Lo que hay que ver es si las hojas y las yemas salen opuestas (dos enfrentadas en cada nudo) o alternas. Arces, fresnos y castaños de Indias son opuestos; robles, olmos, tilos y almeces son alternos. Con ese único dato se descarta media lista.
3. El haz y el envés de una hoja apoyada sobre papel, incluyendo el peciolo y la base del limbo. El envés esconde el pelo, las glándulas y los mechones en las axilas de los nervios, que separan especies muy parecidas.
4. La corteza a la altura del pecho, con luz rasante para que se marque el relieve. En un mismo árbol la corteza joven de las ramas altas y la del tronco viejo pueden parecer de especies distintas, así que hay que fotografiar el tronco.
5. Flor o fruto, con fecha. Anotar el mes vale casi tanto como la foto: un almendro en flor en enero y un ciruelo en flor en marzo se distinguen por el calendario antes que por los pétalos.
Para el resultado estético, la luz de contraluz de última hora hace brillar las hojas otoñales de Acer y Fagus, y el cielo blanco de un día cubierto es el peor fondo posible para una silueta.
Gigantes y rarezas: qué son y dónde se pueden cultivar
Adansonia digitata (baobab). Su tronco hinchado es tejido parenquimático cargado de agua, una reserva para la seca del Sahel. Se venden semillas y plantines como curiosidad, y germinan bien tras escarificar la cubierta, pero es un árbol tropical: por debajo de unos 10 °C sostenidos entra en problemas y una helada lo mata. En la Península solo tiene sentido como planta de interior luminoso o de invernadero cálido, con sequía total en el reposo invernal. Un riego generoso en enero, con la planta sin hojas, pudre el cuello y no hay vuelta atrás.
Brachychiton rupestris (árbol botella de Queensland). Misma estrategia de tronco-depósito, pero en clima subtropical seco, lo que sí encaja en el litoral mediterráneo, Andalucía y Levante. Aguanta heladas ligeras de hasta unos -3 o -4 °C ya adulto, pide suelo con drenaje franco y castiga cualquier encharcamiento. Crece despacio y el ensanchamiento característico tarda décadas en insinuarse.
Sequoiadendron giganteum (secuoya gigante). El árbol de mayor volumen de madera del mundo, con ejemplares que superan los 80 metros y los 3.000 años en Sierra Nevada de California. Resiste el frío sin inmutarse —soporta bien por debajo de -20 °C—, y sin embargo fracasa en gran parte de España por lo contrario: necesita veranos frescos y humedad edáfica constante. Prospera en la cornisa cantábrica, en el Pirineo y en enclaves de montaña; plantada en la meseta o en el sur se defolia, pierde la guía y acaba muriendo en seco a los pocos años. El Monumento Natural del Bosque de Secuoyas del Poblet, en Tarragona, y las masas del norte muestran lo que se puede esperar.
Ficus benjamina. El ficus de interior más vendido y también un árbol de sombra enorme en climas cálidos. Dos avisos concretos. En interior, la caída masiva de hojas al llegar a casa no es enfermedad: es aclimatación a un cambio brusco de luz, y se corrige eligiendo un sitio definitivo, luminoso y sin corriente, y dejando de moverla. En exterior, es de raíces agresivas y levanta aceras, alcorques y canalizaciones; plantarla a menos de cinco o seis metros de una edificación da problemas caros. Su látex, además, contiene alérgenos con reactividad cruzada con el látex natural y con el higo, algo relevante en personas sensibilizadas.
Tabebuia rosea (lapacho rosado). Bignoniácea tropical americana que florece a ramas desnudas en rosa intenso. Nada que hacer al aire libre en la Península: necesita ausencia de heladas. En Canarias y en microclimas costeros muy protegidos es viable, y ahí sí compensa. Ojo con la nomenclatura, porque los lapachos amarillos se trasladaron al género Handroanthus y las etiquetas de vivero siguen mezclándolo todo.
Los que sí funcionan en un jardín español
Jacaranda mimosifolia. Florece de mayo a junio en Sevilla, Málaga o Valencia, a veces con una segunda pasada en otoño. Resiste heladas cortas de hasta -4 o -5 °C adulto, pero se quema con facilidad los primeros inviernos. Dato que sorprende: siendo un árbol urbano omnipresente en medio mundo, sus poblaciones silvestres del noroeste argentino y Bolivia están catalogadas como vulnerables. Las flores caídas resbalan mucho sobre baldosa mojada.
Cercis siliquastrum (árbol del amor). Pequeño, mediterráneo, de floración rosa-púrpura directamente sobre la madera vieja —caulifloria— antes de brotar la hoja. Tolera caliza y sequía estival una vez arraigado, cabe en un patio y no rompe nada. Es de las mejores elecciones para jardín pequeño en clima peninsular. Se resiente del trasplante con raíz desnuda: mejor en contenedor y en otoño.
Acer palmatum (arce japonés) y Acer platanoides 'Crimson King'. El arce japonés es acidófilo estricto. Regado con agua dura de Madrid, Zaragoza o Murcia amarillea entre nervios, se seca por las puntas de las hojas y va muriendo por clorosis férrica; en suelo calizo el quelato de hierro solo compra tiempo. Su sitio está en el norte húmedo, o en maceta con sustrato ácido y agua de lluvia, a media sombra y resguardado del viento seco, que le quema los bordes. El 'Crimson King' de hoja púrpura es mucho más tolerante y sirve como árbol de alineación en clima continental.
Aesculus hippocastanum (castaño de Indias). Gran árbol de sombra para clima fresco, con hoja palmeada y flores en panícula erguida. Sus frutos no son castañas comestibles: contienen esculina y saponinas y su ingestión provoca vómitos, dolor abdominal y, en cantidad, cuadros más serios. La confusión con Castanea sativa manda niños a urgencias cada otoño. La diferencia se ve a simple vista: la cápsula del castaño de Indias tiene púas gruesas y separadas y una sola semilla lisa; el erizo del castaño verdadero está cubierto de espinas finísimas y guarda dos o tres castañas con una punta pilosa.
Ginkgo biloba. Fósil viviente sin parientes vivos cercanos, de color amarillo intenso y muy uniforme en noviembre. Es dioico, y ahí está el detalle práctico: los ejemplares femeninos producen unas semillas carnosas cuya cubierta, al pudrirse en la acera, huele a mantequilla rancia por el ácido butanoico. Se compran clones masculinos injertados ('Autumn Gold', 'Fastigiata'); un ginkgo de semilla es una lotería que tarda veinte años en resolverse. Aguanta contaminación, compactación y frío sin quejarse.
Olea europaea (olivo). Longevo, de madera retorcida y hoja gris perenne, es el árbol ornamental de bajo consumo por excelencia en el sur. El movimiento de olivos adultos entre fincas está regulado por las medidas de contención de Xylella fastidiosa: comprar un ejemplar sin pasaporte fitosanitario ni trazabilidad es arriesgar una multa y, peor, introducir la bacteria en una comarca sana. Exige drenaje y detesta el riego frecuente.
Acacia dealbata (mimosa). Su floración amarilla de enero y febrero es espectacular y por eso se sigue plantando, pero está incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras: su venta, plantación y posesión están prohibidas con carácter general. Rebrota de raíz con violencia después del fuego y su banco de semillas resiste décadas en el suelo, de modo que un ejemplar de jardín en Galicia o en la cornisa cantábrica se convierte en un foco. Para el mismo efecto amarillo invernal está el cornejo Cornus mas o el jazmín de invierno.
Otros de la galería. Albizia julibrissin resiste hasta unos -15 °C y brota muy tarde en primavera, lo que asusta sin motivo. Magnolia × soulangeana quiere suelo ácido y un emplazamiento donde el sol de la mañana no dé sobre los pétalos helados, porque una helada tardía de abril convierte la floración en un trapo marrón en una noche. Fagus sylvatica necesita humedad atmosférica alta y solo prospera en el tercio norte. Acer campestre, en cambio, es un arce autóctono que aguanta caliza, sequía moderada y poda, y está infrautilizado en jardinería. Ceiba speciosa —el palo borracho, todavía etiquetado a menudo como Chorisia speciosa— luce tronco verde con aguijones cónicos y flores rosas en otoño, y funciona en el litoral cálido. Delonix regia, el flamboyán, se queda en Canarias.
En resumen
Una foto de un árbol vale mucho más si incluye el porte, la corteza, una ramilla que muestre si las hojas son opuestas o alternas, el envés de una hoja y la fecha del disparo. Con eso se identifica casi cualquier especie cultivada.
De las especies retratadas, baobab, lapacho, flamboyán y palo borracho pertenecen a climas sin heladas; la secuoya gigante aguanta el frío pero no el verano seco peninsular; y las apuestas seguras para un jardín en España son Cercis siliquastrum, Acer campestre, Ginkgo biloba en clon masculino, Albizia julibrissin y el olivo. Dos advertencias que conviene no olvidar: el fruto del castaño de Indias no se come, y la mimosa Acacia dealbata está catalogada como invasora y no se puede plantar.