Hay una idea que ordena buena parte del paisajismo español contemporáneo y cabe en una frase: el jardín pertenece al lugar donde está. No a un catálogo ni a un estilo importado, sino al sitio concreto, con su suelo, su clima, su vegetación de alrededor y el paisaje que lo rodea.

El paisajista madrileño Luis Vallejo, conocido tanto por sus jardines como por su trabajo con el bonsái, ha desarrollado esa manera de proyectar en escalas muy distintas, desde jardines privados hasta los de la Ciudad Grupo Santander, en Boadilla del Monte, complejo proyectado por el arquitecto Kevin Roche, donde la retícula de olivar, la misma que estructura los campos del sur y el oeste de Madrid, sirve de trama para coser el conjunto. Lo que sigue no va de esa obra, sino del método que hay detrás y de cómo se aplica en un jardín normal.

Una encina solitaria rodeada por el azul de la Nepeta faassenii en un jardín privado en los alrededores de Madrid, proyectado por Luis Vallejo.

Leer el sitio antes de dibujar nada

El proyecto empieza mirando, no eligiendo plantas. Cuatro cosas conviene tenerlas por escrito antes de la primera línea.

  • El suelo. Un análisis barato de pH y textura decide más que ninguna otra cosa. En suelo calizo, que es casi todo el interior peninsular, las acidófilas (camelias, azaleas, arces japoneses, hortensias) amarillean por clorosis férrica y no hay enmienda que lo arregle a largo plazo.
  • El agua. Cuánto llueve, cuándo, y de qué agua de riego se dispone. Un agua muy dura desplaza la paleta hacia lo mediterráneo aunque el suelo no lo hiciera.
  • Las heladas y el viento. La mínima de invierno excluye media lista de plantas de un plumazo, y el viento seco de meseta quema hojas tiernas mucho antes que el calor.
  • El paisaje de alrededor. Qué se ve desde el jardín y qué crece a un par de kilómetros sin que nadie lo riegue. Ahí está, gratis, la lista de especies que van a funcionar.

Ese último punto separa un jardín arraigado de uno genérico. Un jardín en la dehesa, uno en la huerta levantina y uno en un bancal de la Alpujarra no deberían parecerse, porque los paisajes de los que salen no se parecen. La retícula de olivar, las líneas de la viña, los muros de piedra seca, la alineación de frutales de la vega, son estructuras que ya existen en el territorio y que un jardín puede prolongar sin copiarlas de forma literal.

La piedra, la parte que no cambia

En este planteamiento la piedra pesa tanto como la vegetación. Es el elemento estable, el que no florece ni pierde la hoja, y por contraste hace legible todo lo que sí cambia a lo largo del año. De ahí el interés por los suiseki, piedras no manipuladas que por su forma sugieren una montaña, una isla o una orilla, y que en la tradición japonesa se contemplan como un paisaje en miniatura.

Para usar la piedra en un jardín sin que parezca decoración de rocalla hay unas cuantas reglas prácticas que se sostienen solas.

  • Piedra de la zona, de cantera cercana. Un granito en tierra de caliza canta a kilómetros, y además sale más caro por el transporte.
  • Pocas piezas y grandes antes que muchas y pequeñas. Un bloque bien colocado vale más que quince cantos repartidos.
  • Enterrar entre un cuarto y un tercio del volumen. Una roca apoyada sobre el césped parece lo que es, un objeto traído; medio enterrada parece que estaba ahí antes que el jardín.
  • Nada de corros simétricos ni de bordillos de piedras iguales. Grupos impares, agrupados de forma desigual, con una pieza dominante y las demás subordinadas.
  • La grava también es piedra. Un acolchado mineral de 5 a 8 centímetros reduce la evaporación, mantiene fresco el suelo y ahoga las hierbas, y en clima seco aguanta mejor que la corteza.

Qué se traduce del jardín japonés y qué no

La influencia japonesa pesa mucho en esta forma de proyectar, pero lo que viaja bien no son los elementos, sino la gramática. Copiar linternas de piedra, puentecillos rojos y arces palmados produce un decorado que además se muere en agosto.

Lo que sí se traslada: la asimetría, las perspectivas cruzadas (que el recorrido descubra vistas distintas en lugar de enseñarlo todo de golpe), los ritmos no lineales, el vacío como parte de la composición, el peso de los materiales minerales, la poda que revela la estructura del árbol en lugar de convertirlo en una bola, y el paisaje prestado, es decir, incorporar a la vista lo que hay más allá del límite del jardín, una sierra, una encina del vecino, un campanario.

Lo que no se traslada tal cual, y sus sustitutos razonables:

Elemento japonésProblema en EspañaAlternativa
Alfombra de musgoPide humedad constante y sombra; solo prospera en el norte húmedo y la montañaGrava fina, tapiz de Sedum, tomillo rastrero o Herniaria glabra en suelo pobre
Arce japonés (Acer palmatum)Suelo ácido y aire húmedo; en el interior se quema con el sol y el viento secoArce de Montpellier (Acer monspessulanum), cornicabra (Pistacia terebinthus) o Cotinus coggygria para el color de otoño
Azaleas y cameliasAcidófilas; en suelo calizo clorosan sin remedioMirto, durillo (Viburnum tinus), lentisco o coscoja como masas verdes densas
Bambúes corredores (Phyllostachys)Rizoma invasor que se cuela bajo muros y en la parcela vecinaBambúes de mata compacta (Fargesia) en clima fresco, o gramíneas altas en clima seco

Jerarquía primero, diversidad después

La diversidad botánica es deseable, pero por sí sola produce un revoltijo. Lo que da unidad a un jardín con muchas especies es una jerarquía clara: un árbol o un arbusto dominante que se repite y manda, una capa subordinada, y por debajo la variedad. Sin esa estructura, veinte especies se leen como veinte plantas sueltas.

La regla práctica es sencilla: repetir masas en lugar de coleccionar ejemplares. Nada de una de cada. Grupos impares de la misma planta, repetidos a lo largo del jardín, que el ojo reconoce y usa para ordenar la escena.

Combinar especies obliga además a manejar tres parámetros a la vez.

  • Cromático. No solo el color de la flor, que dura semanas, sino el de la hoja, que dura todo el año. Un jardín mediterráneo bien resuelto funciona con verdes grises, plateados y verdes oscuros aunque no florezca nada.
  • Volumétrico. El volumen de cada planta a los diez años, no el del contenedor del vivero, y cómo se asocian esos volúmenes entre sí. No plantar a la distancia final es el error más frecuente y el más caro de corregir.
  • Temporal. Cuándo florece cada cosa, cuándo saca hoja, cuándo la pierde. El objetivo no es que todo florezca en mayo, sino que haya algo pasando en cada mes.

Una paleta que aguanta el verano

Para el interior peninsular y el litoral mediterráneo la estructura la dan encina, quejigo, almez, olivo, algarrobo, madroño, lentisco, mirto, coscoja y durillo. La capa media son las aromáticas: lavandas, romeros, tomillos, salvias, santolina, Teucrium, jaras y Phlomis. El romero, el tomillo y el lavandín van bien en suelo calizo, mientras el cantueso (Lavandula stoechas) es planta de suelo ácido y en tierra caliza amarillea.

Entre las vivaces de poca agua, la Nepeta x faassenii de la fotografía es de las más fiables: mata azul de floración larga, se recorta tras la primera floración y vuelve a florecer. A su lado, Euphorbia characias, Achillea, Perovskia y Gaura. Y las gramíneas, que aportan movimiento y sostienen el jardín en invierno si no se cortan hasta febrero: Stipa gigantea, esparto (Stipa tenacissima), Festuca glauca, Sesleria.

Dos avisos que no son opcionales. El plumero de la pampa (Cortaderia selloana) y el Pennisetum setaceum figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013, lo que prohíbe su posesión, transporte y comercio: por muy bien que queden en una foto, no se plantan. Y la adelfa (Nerium oleander), habitual en jardín mediterráneo, es tóxica en todas sus partes, incluida el agua donde hayan estado sus hojas, así que conviene pensarla dos veces donde haya niños o animales. El látex de las euforbias es irritante para la piel y los ojos, y se poda con guantes.

La misma idea en un patio o una terraza

El planteamiento no depende del tamaño. En un patio pequeño funciona igual, y hasta mejor, porque la escala obliga a sintetizar: una especie dominante repetida, una pieza de piedra bien puesta, un fondo verde continuo y dos o tres plantas que marquen la estación. La reducción extrema de esa misma búsqueda es el bonsái, un paisaje entero en una bandeja.

En cubiertas y terrazas la variable que manda es el espesor de sustrato, porque decide qué se puede plantar y cuánto pesa. Una cubierta extensiva de 8 a 15 centímetros admite Sedum, aromáticas rastreras y gramíneas pequeñas; una semiintensiva de 15 a 30 centímetros permite vivaces y arbustos bajos; para arbustos de porte y árboles pequeños hacen falta espesores intensivos, de 60 centímetros en adelante. A más sección, mejor comportamiento térmico del edificio. La carga en saturado la tiene que comprobar un técnico sobre el forjado real antes de subir un solo saco.

Mantenimiento: lo que sostiene la idea

Un jardín así se mantiene con criterio, no con máquina. La poda respeta la jerarquía decidida al proyectar y aclara para que se vea la rama, en lugar de recortar todo a la misma altura. Las gramíneas se cortan a final de invierno, no en otoño. Las aromáticas se recortan un tercio tras florecer para que no se descamisen por la base.

Del riego, lo que más se incumple: un jardín mediterráneo no es un jardín sin riego, es un jardín que se riega los dos primeros años, en profundidad y espaciado, hasta que las raíces bajan a donde tienen que estar. Después casi todo se sostiene solo. Regar poco y a menudo produce raíces superficiales y plantas dependientes.

En resumen

Diseñar un jardín arraigado consiste en dejar que el sitio decida. Primero el suelo, el agua, las heladas y el paisaje de alrededor; después la piedra como elemento estable; después una jerarquía clara de árbol y arbusto dominantes; y solo al final la diversidad, ordenada por color, volumen y calendario. De la tradición japonesa se toma la gramática, la asimetría, el vacío, las vistas cruzadas, el paisaje prestado, y se deja fuera el atrezo, que aquí ni encaja ni sobrevive.

El resultado no es un jardín más barato de hacer, pero sí uno que envejece bien y pide poco. Y no depende del tamaño: la misma lógica ordena una finca, un patio de cuatro metros o una terraza, siempre que se resista la tentación de comprar una planta de cada y se repita lo que funciona.


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